“Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones.”

(Jeremías 1:5 RV60)

Todos nosotros antes de venir al mundo estuvimos en la eternidad, conociendo a Dios –en intimidad, siendo santificados, es decir, apartados para Él; allí fue donde se nos dio un destino. Antes de estar 9 meses en el vientre, y aun estando allí estuvimos cara a cara con el Padre, Jesús y el Espíritu de Dios. Eso era todo lo que conocíamos.

Cuando supe esto, el Espíritu Santo trajo a mi memoria lo que pasa cuando un bebé llega al mundo, e inclusive ya siendo grande, lo que experimenta de nuevo en Su Presencia.

  1. El llanto al nacer: Aquellos que saben de la materia afirman: “El bebé, después de haber pasado más de nueve meses en un entorno seguro, ahora tiene que enfrentarse a sensaciones nuevas.” ¿Ese ambiente seguro era el vientre? Era la presencia de Dios. Si bien es un hecho que algunos bebés no lloran, tienen que acoplarse a un nuevo ambiente (donde respiran por sí mismos y dejan de depender de su madre), ¿por qué un nuevo ambiente? Porque todo lo que conocían era el amor y la bondad del Padre; y tener que dejar atrás –pero no por mucho tiempo- el lugar celestial en el que anduvieron sin tener noción del tiempo.

 

  1. Lo primero que se vive: Por los estudios se afirma: “Al principio el bebé no conoce a su cuerpo. (…) Es necesario que el niño sientaafecto y protección, pues esto le dará la seguridad que ya tenía en el interior del útero de la madre.”  Un bebé no conoce su cuerpo porque en la eternidad no lo tenía, ahora lo tiene porque Dios lo formó pero no supo esto ni cuando estaba siendo formado porque estaba ocupado jugando con el Padre, y recibiendo el mismo amor y protección de Él que ahora requiere para sentirse en paz en la tierra. ¿Coincidencia? Dioscidencia.
  1. El regreso al hogar: Cuando regresamos a la Presencia de Dios, la mayoría de las personas que lo experimentan por primera vez se preguntan con mucho desconcierto, por qué lloran. Y es por dos razones, una, porque es inevitable llorar en la presencia del Espíritu Santo de Dios, por el efecto que produce en nosotros su Gloria e infinidad de causas; a decir verdad el llanto en sus diferentes formas es un misterio que nos enseña el Espíritu Santo, no el simple significado que le da el mundo. Y otra es como cuando alguien ha durado mucho tiempo lejos de la tierra donde nació, cuando vuelve después de tanto tiempo las lágrimas acuden a sus ojos y no puede contenerlo. Lloramos al volver porque, ¡ya habíamos estado en ese ámbito antes y con la misma persona!

 

Venimos de Dios y pasamos un rato en la tierra determinando si nos volveremos a Él al terminar el recorrido. Ya estamos salvos por Su Gracia, ya tenemos el derecho de la eternidad por el Camino; si seguimos haciendo las cosas bien, allá nos veremos de nuevo tal y como era antes.

“y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio.”

(Eclesiastés 12:7 RV60)

Así, su Presencia sigue siendo vital para nosotros y cumplir su propósito tomados de su Gloria y ese ámbito con el que nos predestinó es la meta; seguir echando mano de su vida eterna aquí en a tierra y vivir como Él lo predestinó para nosotros.

Escrito por Catalina Tamayo para: www.conectadosconCristo.com