Hijo mío, no te olvides de mis enseñanzas; más bien, guarda en tu corazón mis mandamientos. Porque prolongarán tu vida muchos años y te traerán prosperidad. (Proverbios 3:1-2 NVI).

Bien lo dice el Señor en su palabra, somos vasos frágiles, fácilmente quebrantables; para nuestros hombres parecemos un gramófono reproductor de cantaleta desafinada y sin sentido, para nosotras, es la necesidad extrema de hacerles saber lo que sentimos y necesitamos.

Hilar fino en el límite de la cordura; deseamos paz, ternura, detalles que nos hagan sentir amadas y cuando no los recibimos nuestro corazón palpita una y otra vez, tratando de acallar el ruido que producen nuestros más negativos pensamientos.

Es una realidad que dar en vez de recibir, es mucho más satisfactorio. Es la renuncia voluntaria a perder tiempo esperando suplir las más altas expectativas con la persona equivocada.

Que la palabra amable calma el enojo, que el ánimo decaído seca los huesos, que la belleza no es la que llevas por fuera, que la contienda desgasta y agota; verdades inmanejables por nuestro carácter paciente e intolerante al sufrimiento; bloqueamos nuestras emociones y a muchas se nos hace difícil que a nuestro alrededor no se enteren de nuestra insatisfacción, pero nuestro rostro habla por sí solo y nuestras reacciones automáticas nos delatan.

De lo que hay en el corazón, habla la boca; lo que contamina a una persona, no es lo que entra por ella, sino lo que sale de allí, honramos a Dios con nuestros labios, pero en realidad nos encontramos lejos de Él (Mateo 15 NVI). Decimos que lo amamos, pero nos sentimos incapaces en los momentos de efervescencia, de guardar la compostura a la que hemos sido llamados.

Somos legalistas  e hipócritas, unas veces nos creemos con el derecho de criticar y señalar a quienes se han equivocado, otras veces somos condescendientes al justificar cosas como los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, la inmoralidad sexual, los robos, los falsos testimonios y las calumnias; nuestra permisividad sobrepasa los límites esperados por el todopoderoso, porque aunque no lo vemos físicamente, Él se ha encargado de mostrarnos las consecuencias de nuestra torpeza (Mateo 15: 17-20 NVI).

La verdad es que el corazón nos traiciona, seguirlo, es condenarnos lentamente a ser esclavos de nuestros deseos y aunque quisiéramos esconder su conspiración en contra de lo que nos duele, Dios ya sabe de antemano nuestros pensamientos, nuestras acciones, nuestras vagas intenciones y a pesar de que nos ama, no dejará de disciplinarnos por nuestra falta de sabiduría (Jeremías 17:9-10 NVI).

Afrontar con decisión aquello que nos roba la paz, garantizando nuestra seguridad física definitivamente es necesario, pero para todo cristiano debe ser  una prioridad, propender por nuestra estabilidad espiritual, evitando la confrontación con violencia y llevando siempre en alto el nombre de Dios; confiar en su poder será siempre tu mejor defensa.

“Por sobre todas las cosas cuida tu corazón,
porque de él mana la vida”.
(
Proverbios 4:23 NVI)

 Escrito por Lilo de Sierra para www.conectadosconcristo.com