Recuerdo muy bien el día que me detuvo para mostrarme a lo lejos dos caminos; me describió cada uno, ninguno me lo presentó como bueno o malo, pero sabíamos muy bien cuál era el mejor camino. Siempre me llevaba de su mano y me decía qué camino debía tomar, pero por alguna razón que yo desconocía me preguntó ¿por cuál de los dos caminos quieres ir?

Yo lo miré fijamente con cara de sorprendida. Observé mi maleta, cargaba un montón de cosas para el trayecto, que Él mismo me las proveía. Me sentí en la libertad de tomar cualquier camino y yo me dije, es obvio que voy a tomar el camino correcto. Seguimos caminando hasta que encontramos la bifurcación o Y. Luego me dije, llegó mi hora, mi momento de decidir pero ¿qué creen que pasó? Yo ya sabía cuál era el camino correcto, el menos doloroso y el que era mejor para mí.

Bueno, debo reconocer que cogí el camino malo. Lo hice consiente pero quería ignorarlo, lo vi muy atractivo y seguro para mí, lo increíble de esto es que Dios seguía conmigo agarrado de mi mano; lo podía sentir, tenía la idea de que mi Padre celestial se alejaría de mí y se apartaría, pero aún seguía allí.

Empecé a sentir cosas increíbles que nunca había experimentado, como el dolor en medio de una falsa felicidad. Cada paso que daba me rodeaba de oscuridad y yo seguía ignorando lo que pasaba a mi alrededor; no me había percatado que ya no sentía a Dios como antes, pues en mi conciencia ya no lo tenía presente.

Llegué a un punto tan oscuro que caminaba en medio de espinos y solo podía sentir el ardor y el dolor en mi piel, ya había perdido el camino. Había tanta oscuridad que caí en un hoyo profundo y no encontraba salida, no comprendía qué estaba pasando, pero si recordaba muy bien, yo había escogido este camino y Dios me había permitido andar en él, ahora debía entender qué era lo que Dios quería enseñarme y qué tenía preparado para mí. Sentía que Él no estaba conmigo.

En medio de la oscuridad y de un lugar sin salida, donde podía escuchar la tormenta que se avecinaba, recordé lo que me había dicho “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo.” 2 Corintios 12:9; entonces creció mi confianza en Dios, sabía que mi fe crecería, pero solo en ese momento comprendí que no había manera alguna de salir, solo Dios podía sacarme de allí; no sabía cómo y mucho menos cuándo, pero tenía la esperanza y la certeza de que saldría, aunque merecía estar en ese lugar, por mi soberbia.

Fue entonces donde pude ver que Su mano estaba en mi hombro, que nunca se había retirado de mi lado, que me había acompañado en todo momento. Entonces le escuché decirme: “Estás lista, vamos a salir de aquí, no será fácil para ti, pero estaré contigo como hasta ahora lo he hecho.” Oh que maravillosa gracia y amor inmenso expresado en ese momento para mí.

Ver a Dios al control de tu vida es algo increíble y ver que todo lo hace perfecto aún más, como seres humanos nuestra mente es muy limitada, no podemos ver realmente el Dios soberano y todo poderoso que Él es. Nunca nos abandona y al contrario de lo que humanamente podemos pensar nos dice que nos ama y suyo somos.

“por lo cual por amor a Cristo me gozo en la debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte”. 2 Corintios 12:10.

Escrito por Nina Gutiérrez para www.conectadosconcristo.com