“Así que no temas, porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios. Te fortaleceré y te ayudaré; te sostendré con mi diestra victoriosa.”

(Isaías 41:10 NVI)

Existen demonios que deliberadamente decidimos llevar con nosotros durante nuestro trasegar por esta tierra. Fuimos declarados vencedores y aunque hemos visto pequeños y grandes milagros, insistimos en nuestra insensatez y testarudez y le permitimos al diablo tentarnos con lo que hoy gobierna nuestro corazón.

Nos hacemos llamar cristianos, nos congregamos puntualmente los domingos en la Iglesia, sonreímos y nos juramos santos porque creemos hacer bien las cosas, pero en nuestra intimidad no somos más que estatuas de sal, inertes y sin vida; conocemos el poder ilimitado de nuestro Dios y pretendemos que Él haga lo que nosotros le digamos debe hacer, como si la oración fuera el medio para someter a aquel al que jamás podremos robarle soberanía y majestad.

En estos días tuve la oportunidad de leer y estudiar acerca de las tentaciones a las que fue sometido Jesús y pienso que el modus operandi de satanás no ha cambiado, le falta creatividad y originalidad y teniendo el ejemplo de Jesús a la mano, somos nosotros quienes enfrentamos al enemigo, desnudos y sin protección…

Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y fue llevado por el Espíritu al desierto. Allí estuvo cuarenta días y fue tentado por el diablo. No comió nada durante esos días, pasados los cuales tuvo hambre. —Si eres el Hijo de Dios —le propuso el diablo—, dile a esta piedra que se convierta en pan. Jesús le respondió:

—Escrito está: “No solo de pan vive el hombre”.

(Lucas 4:1-2 NVI)

Jesús fue llevado después de su bautizo, al desierto y fue tentado… si eres servidor de Cristo, tienes un ministerio, una iglesia o un grupo pequeño bajo tu responsabilidad; si eres radical en decir que anhelas cumplir tu llamado y predicar el evangelio, satanás hará todo lo que esté a su alcance, para desviarte del camino y hacerte tropezar.

Vendrán tiempos de sequía espiritual, te sentirás con hambre y sed de su palabra, pero por muchas razones que a lo mejor no entiendes, la pereza, las ocupaciones diarias y la dificultad de dar fruto en aquello en lo que te sentías fuerte, invadirán tu mente y tu corazón; comenzarás a creerte indigno e incapaz de cumplir tus metas, o lo que es peor que en tus fuerzas y capacidades puedes lograrlo todo sin la ayuda de Dios y es en ese momento cuando debes respirar profundo y recordar que el verdadero alimento para nuestra alma, lo encontramos en las enseñanzas de nuestro Padre y que al interiorizar lo que nos dice en Juan 6:35 NVI: “Yo soy el pan de vida —declaró Jesús—. El que a mí viene nunca pasará hambre, y el que en mí cree nunca más volverá a tener sed”, podremos obtener la fuerza para avanzar, aunque arenas movedizas amenacen con ahogarnos.

“Entonces el diablo lo llevó a un lugar alto y le mostró en un instante todos los reinos del mundo. —Sobre estos reinos y todo su esplendor —le dijo—, te daré la autoridad, porque a mí me ha sido entregada, y puedo dársela a quien yo quiera. Así que, si me adoras, todo será tuyo. Jesús le contestó: —Escrito está: “Adora al Señor tu Dios y sírvele solamente a Él”.

(Lucas 4:5-8 NVI)

Es de esperarse que tus proyectos con Dios no se estanquen, pero es cuando creemos que estamos en el mejor momento, cuando el enemigo se esfuerza aún más en impedir que tus planes prosperen. He visto grupos musicales separarse y dejar de alabar al Señor, para dar paso a insultos y groserías entre sus integrantes; escritores a los que después de publicar sus libros cargados de fe, se les va la inspiración; a líderes en las iglesias que se dejan dominar por el orgullo y el hambre de poder; a asistentes que sin el mayor reparo hablan mal de sus pastores y de su iglesia sin valorar el esfuerzo que ellos hacen cada día para transmitir las buenas nuevas del Señor y a cristianos abandonar sus creencias, porque han puesto su mirada en lo que les ofrece el mundo, una vida cargada de banalidad, falsa felicidad e inestable comodidad.

Los tiempos de prueba nunca cesarán, es la confianza en que los planes de Dios son más altos que los nuestros, lo que nos da la esperanza necesaria para perseverar con entereza de carácter, en cumplir nuestro propósito. Las promesas de Dios se cumplirán, porque Él así lo ha dispuesto. Es nuestra adoración y nuestro servicio la garantía de recibir su favor pase lo que pase, al principio y al final, porque sus tiempos son perfectos y su bendición agrega alegría inamovible.

“El diablo lo llevó luego a Jerusalén e hizo que se pusiera de pie en la parte más alta del templo, y le dijo: —Si eres el Hijo de Dios, ¡tírate de aquí! Pues escrito está: »“Ordenará que sus ángeles te cuiden. Te sostendrán en sus manos para que no tropieces con piedra alguna”».  —También está escrito: “No pongas a prueba al Señor tu Dios” —le replicó Jesús. Así que el diablo, habiendo agotado todo recurso de tentación, lo dejó hasta otra oportunidad”

(Lucas 4:9-13 NVI)

Somos humanos, estamos expuestos a sentir duda, temor y falta de fe; en alguna ocasión me vi enfrascada en el peor de mis miedos “las alturas”, me encontraba en una actividad de la empresa para la que trabajo, varias personas observándome desde la parte baja de una torre de unos 4 metros de altura de la que debía bajar por una cuerda sin apoyo a mi alrededor… yo, Lilo de Sierra que predico a voz en cuello la confianza en Dios, me encontraba totalmente paralizada por el pánico…escuché una voz que abiertamente y a grito entero me dijo, ¿no que usted cree en Dios?… sentí morir, confrontada y débil sabía que debía ser valiente aunque me temblaran las piernas y así lo hice…un año más tarde, la prueba fue más retadora, eran 40 metros que debía descender por una cuerda sostenida por un desconocido; el guía se llamaba Natán, nombre de profeta, que casualidad, y yo con aires de vencedora, lista para enfrentar el temor, al llegar al punto de descenso, Natán me dijo, si esa persona de abajo suelta la cuerda, nada podrá detener su caída… yo, me devolví consternada, llorando y vituperando palabras contra él, diciéndole que sino se daba cuenta que tenía nombre de profeta (hoy me río de eso)… tomé nuevas fuerzas y volví a intentarlo, suspendida a 40 metros del suelo, no era capaz de soltar la cuerda para comenzar mi descenso, arrepentirme no era una opción, miré al cielo y vi un pájaro, pensé…el Espíritu Santo está sobre mí, Él me cuida y puedo lograrlo…!Misión cumplida! Pero no volveré a repetirlo…

No tenemos por qué saberlo todo o ser perfectos y sin mancha, el único perfecto es Jesucristo; Dios conoce nuestras debilidades y se fortalece en cada una de ellas. No tenemos por qué librar y ganar todas las batallas, si creemos que Él nos ama, aun en la derrota encontraremos salvación. Aparentar ser inquebrantables es hipocresía, reconocer que somos fuertes porque Él nos cubre bajo sus alas, nos hace agradables ante sus ojos, aprender en medio de las aflicciones a depender solo de Él es victoria, resistir y rechazar las voces equivocadas es la más poderosa arma.

Algunos afirman, que tener miedo o dudar es no creer en Dios; si eso fuera así ni el Rey David, ni Salomón, ni siquiera el mismo Apóstol Pablo, serían merecedores de la gracia del Señor; cada uno de ellos se enfrentaron a sus propias voces internas, a sus más grandes gigantes, a demonios amenazantes en contra de su intención por expandir el reino de Dios.

Se vale ser débil, porque si no lo fuéramos significaría que no lo necesitaríamos a Él; podemos gritar, llorar, quejarnos de vez en cuando, presentar delante de nuestro Padre nuestras cargas, preocupaciones y vicisitudes; estoy segura que Él no se harta de nuestra voz apabullante; nos examina y conoce a fondo nuestras motivaciones, intenciones y más profundas emociones y sus optimistas opciones serán siempre las de transformar, renovar, cambiar, restaurar y edificar el corazón del valiente que decida caminar a su lado, aunque a veces necesitemos ver milagros para entender su poder y lo infinito de su amor. Nos escucha y nos responde y aunque el camino a seguir esté lleno de obstáculos, al final la recompensa será eterna y perdurable y estaremos convencidos que sin Él nada somos y con Él todo lo podremos lograr.

“¿Por qué voy a inquietarme? ¿Por qué me voy a angustiar? En Dios pondré mi esperanza, y todavía lo alabaré. ¡Él es mi Salvador y mi Dios!“

(Salmos 42:11 NVI)

Escrito por Lilo de Sierra para www.conectadosconcristo.com