Después, el monstruo y los diez reyes pelearán contra el Cordero, pero Él y sus seguidores los vencerán. El Cordero vencerá, porque es el Señor más grande y el Rey más poderoso. Con Él estarán sus seguidores. Dios los ha llamado y elegido porque siempre lo obedecen.»”
(Apocalipsis 17:14 TLA)

Guardo en mi mente un macabro recuerdo. Había experimentado el desprecio, el rechazo y un silencio que eternizaba cada día de mi vida. Su indiferencia y su premeditado abandono tenía nombre; sin embargo, él se rehusaba a decirme lo que toda mujer que descubre que es engañada quiere saber; quién, cómo, dónde, cuándo y lo más importante por qué, el amor parecía desvanecerse y la condena a la muerte súbita era cada vez más latente en el ambiente familiar.

Me invitó unos tragos. Yo ya era cristiana, pero anhelaba sentirlo cerca, inspirar deseo, propiciar un ambiente de complicidad. Negociaba mi matrimonio con el mundo, allí estaba yo, rodeada de personas desconocidas conversando con demonios que llenaban mi cabeza de falsas expectativas. La ansiedad, la desesperación y la frustración no me dejaban en paz. Sabía que me encontraba en el lugar equivocado pero lo que realmente ignoraba, era que a la distancia satanás me observaba atentamente.

En mi cabeza ronda la imagen de una mesa atravesada en el fondo de aquel salón. En el centro una mujer imponente, de rasgos retadores, bella y a la vez misteriosa, jamás la había visto… con ella, varios hombres, quienes la rodeaban en absurda admiración, como súbditos, esclavos y despreciables vasallos. Actuaban esperando la orden de acechar, de lanzar una puñalada directo a mi corazón, arrancarlo de mi pecho y servirlo como banquete especial en esa oscura noche.

Su actitud quebró mi alma, no hubo conexión. El principio del fin había llegado. Mi nivel de cordura estaba en el límite. Como un volcán en erupción quería gritar, desaparecer, pero no sin antes crear una hecatombe. No recuerdo haber orado o clamado a Dios por ayuda, estaba ahogada en la decepción de no recibir lo que esperaba. Estaba dispuesta a todo y a nada.

Me había vestido con mi armadura de cristal. Cualquier toque de mi enemigo causaría mi deceso, era una catástrofe anunciada. Mi amado puso el menú sobre la mesa. Ella era quien había robado su corazón y yo un cordero con una armadura incompleta, débil e inconsistente. El factor sorpresa hizo de mi una presa fácil y caí en la trampa.

No pude más, sin analizar en dónde me encontraba y con mi fe resquebrajada por el dolor me quejé, lloré y le di al diablo un show inigualable. Discutimos abiertamente y finalmente cedí al entregarle a mi enemigo lo que por derecho el Señor me había concedido. Mi falta de control destruyó las murallas que me protegían, quedé a la deriva hecha un mar de lágrimas. Mi matrimonio había llegado a su fin. Puse mi anillo de bodas en el bolsillo derecho de su camisa y le di la espalda a mi presente queriendo saltar de un abismo sin fondo para dejar de respirar.

A mis espaldas un desconocido me susurró al oído. Yo soy su amigo, yo lo cuido, usted váyase a descansar. Salí despavorida, derrotada, queriendo cambiar mi realidad, impotente y desconcertada.

Él no llegó a casa esa noche y yo, desvelada decidí irme a mi iglesia y buscar consejería en mis pastores. Les conté con lujo de detalles lo sucedido y una vez conocedores de mi desgracia, me hicieron la pregunta que temía escuchar… ¿Qué hacías en ese lugar?… más o menos al medio día, entró una llamada a mi celular, era él y yo asustada contesté. Me preguntó si podíamos hablar a lo que respondí que sí sin titubear.

Hablamos, escuché una y mil justificaciones sin sentido. Los recuerdos de esa conversación son vagos, pero al pensar en ello, puedo experimentar una horrorosa incertidumbre. Con aires despectivos habló de mis debilidades, de lo que yo no era como mujer, de lo infructuosos de mis esfuerzos. Con voz firme siempre decidiendo por los dos, queriendo sostener una relación que desde sus inicios había sido supuestamente impuesta, por responsabilidades tempranas para las que no estábamos preparados. Mi argolla de matrimonio ¡desapareció!

Varios días después supe del capítulo 2 de esta historia. Aquella dama misteriosa en el centro de esa larga mesa, era la amante de mi esposo. Los hombres que la rodeaban era su familia. El que me susurró al oído diciendo que cuidaría de él, era su hermano y mi amor después de que salí corriendo de aquel lugar, fue consolado por ella durante toda la noche en un motel de la ciudad. Era el diablo vestido de mujer, le entregué mi alma y la devoró sin piedad con mi total aprobación.

Desde aquel día han pasado cerca de 10 años. Dios me dio la oportunidad de superar mi divorcio, tener un nuevo hogar y volver a creer en el amor. Cometo muchos errores porque no soy una esposa perfecta, pero lo que me sucedió me ha ayudado a entender que no debo hacer por el bienestar de mi familia. Amo a mi esposo y estoy dispuesta a guerrear por él y a demostrarle que con Dios todo es posible.

Lo primero que aprendí es que las diferencias en la pareja son normales y cuando no le damos el manejo adecuado, el enemigo se aprovecha de las brechas que dejamos al descubierto. Mujeres, somos demasiado emocionales. Nuestra falta de cordura a veces pisotea la necesidad apremiante que nuestros esposos tienen de sentirse respetados. Justificamos nuestra necedad con su falta de amor, sin preguntarnos que hemos hecho para propiciar su cambio. Nos falta iniciativa, perseverancia y actitud de guerreras.

Olvidamos lo que el Señor nos dice en su palabra: Pónganse toda la armadura de Dios para poder mantenerse firmes contra todas las estrategias del diablo. Pues no luchamos contra enemigos de carne y hueso, sino contra gobernadores malignos y autoridades del mundo invisible, contra fuerzas poderosas de este mundo tenebroso y contra espíritus malignos de los lugares celestiales”(Efesios 6:10-18 NVI). Entendiendo que nuestro verdadero enemigo es lucifer y no nuestro esposo, luchamos con las armas equivocadas. Satanás y su ejército de demonios causan división en las familias, propician discusiones por bobadas, nos presenta hombres con un insulso interés en nuestra humanidad, les presenta a ellos mujeres más atractivas y aparentemente más inteligentes, resalta nuestros defectos delante de él, para exaltar las virtudes de ellas de manera descarada.

Cuando nos sentimos vulneradas dejamos de orar. Utilizamos nuestras palabras como dardos que tienen el objetivo de asesinar al motivador de nuestra ira. Hablamos de más, no los honramos, ni mucho menos los afirmamos. Creemos que deben hacer todo lo que digamos en la forma que queremos y le damos permiso a satanás, el padre de la mentira, para sembrar cizaña, odio y resentimiento en nuestra mente. Nos revestimos de una armadura de cristal que con un suspiro puede romperse con facilidad y optamos por los insultos y las humillaciones como nuestra principal defensa.

Leer la biblia, declarar las promesas dadas, ser positivas y reprender a nuestro enemigo no es una opción, porque estamos ocupadas persiguiendo como detectives a nuestra pareja, buscando razones para echar por la borda las bendiciones recibidas. No se engañen mujeres, con todas sus debilidades y virtudes ellos son un regalo de Dios, así que no podemos servir su corazón como menú principal del infierno, para que sea otra la que disfrute las mieles de nuestra tierra prometida.

¡Sí! tú vales y tienes dignidad. Luchar por tu matrimonio con ahínco, no te hace cobarde. No le entregues lo que es tuyo a tu enemigo. Cambia tu estrategia, sé inteligente. Si tu reacción es gritar ya no lo hagas, muérdete la lengua y ora; si esculcar su celular, sus bolsillos, la conciencia de sus amigos, los lugares que frecuenta, sus gastos, su trabajo y todo lo que él hace, entonces eres un policía no una esposa idónea. Asume el rol que te corresponde delante de Dios siendo atenta, respetuosa y responsable; si la cantaleta y la ley del silencio se han convertido en tu arma letal, recuerda que la violencia trae más violencia y que Dios dice que “Es mejor vivir solo en un rincón de la azotea que en una casa preciosa con una esposa que busca pleitos” (Proverbios 21:9 NTV), el hombre está en donde mejor lo tratan y el enemigo usará la tentación con una mujer que lo anime y lo motive con palabras halagadoras, para alejarlo de su hogar. Recuerda cómo lo enamoraste y has todo lo que esté a tu alcance para hacerlo de nuevo. Si eres hija de Dios, Él te reviste de la fuerza y dignidad necesarias para mantener la unidad en el amor hasta el final.

No negocies con el mundo, no decretes destrucción, jamás dejes de portar tu argolla, tu alianza, tu promesa ante el altar. El diablo te susurra al oído que él cuidará de tu esposo, que te alejes, que descanses, que eres capaz sola, que no luches más, que hay miles mejores que él y que tienes derecho a rehacer tu vida. ¡No te dejes confundir! Dios no se equivoca, vale la pena librar la batalla por lo que te pertenece. Tu esposo se mantendrá firme, si ve a Jesús en ti, si decides escuchar más y quejarte menos, si dejas de afligirlo, de culparlo, de señalarlo para dar pie a una reconciliación verdadera. Aún no es tarde, la última palabra la tiene Dios y el enemigo está vencido y no tiene poder sobre ti, tu esposo, tus hijos, tu matrimonio o tu familia.

La confianza se construye en doble vía. No podemos exigir honestidad, compromiso y entrega, si no estamos dispuestas a menguar para que Cristo brille en nosotras. No le pidas a Dios su ayuda si no estás alineada con su voluntad. No esperes bendición si haces lo que no es correcto. No insistas en que tu esposo sea tierno, respetuoso y amoroso, si tu te niegas a hacer lo propio como su ayuda y su soporte.

Debes ser radical contigo misma y renunciar a aquello que te aleja del propósito que Dios tiene para ti. Memoriza, repite y aprópiate de esta verdad al mal no se le gana con el mal, sino haciendo el bien (Romanos 12:2 NVI). Ve un paso adelante y aunque te esté sangrando el alma, no le des gusto a satanás y niégale el placer de disfrutar de tu caída. Al final, aunque tu esposo se vaya de tu lado, quedará la satisfacción de haber dado lo mejor de ti en el proceso.

Una mujer conforme al corazón de Dios es linaje escogido, más valiosa que las piedras preciosas, esforzada, digna de alabanza, honesta, fuente de bienestar para su familia, trabaja gustosa con sus manos, atiende con diligencia su casa, suple las necesidades emocionales y físicas de su esposo, es bondadosa, lo honra dentro y fuera de su hogar, afronta segura el porvenir, habla con sabiduría, instruye en amor y no es perezosa (Proverbios 31 NVI), si sientes que algo te hace falta, pídele sabiduría a Dios y persiste sin rendirte y sin ceder…

“Dichoso el que resiste la tentación porque, al salir aprobado, recibirá la corona de la vida que Dios ha prometido a quienes lo aman.
”Santiago 1:12 (NVI)

Escrito por Lilo de Sierra para www.conectadosconCristo.com