En los festivales e incluso en fiestas de disfraces, nos colocamos máscaras para representar el personaje que quisimos imitar para tal evento. Nada lejos de nuestra realidad, en la mayoría de ocasiones tratamos de esconder nuestra debilidad, falta de conocimiento y nuestras emociones, solo deseamos mostrar que estamos perfectamente bien, que manejamos varios temas, nos mostramos fuertes frente a los demás e insistimos en que no necesitamos ayuda.

Las máscaras que solemos ponernos tienen sus nombres, entre ellas encontramos: Autosuficiente, felicidad absoluta (la falsa, la real se puede lograr solo en Cristo), autoestima, perfección y muchas más que ayudan a esconder lo que realmente tenemos y vemos como debilidad, evitando de esta manera aceptar lo ignorantes que somos y la necesidad inmensa de un salvador, de ésta manera nos perdemos a nosotros mismos y no podemos reconocer quién realmente somos.

En mi vida personal podría decir que he estado en el cristianismo desde que nací y tenía entendido que cuando yo le fallaba a Dios, se iba y me daba la espalda porque no podía habitar con el pecado, ya que es santo. Y de allí me viene la loca idea que me hizo cometer una falta más grave contra Él. Pensé, si he pecado y permanezco en él, Dios se mostrará enojado conmigo por desobedecerle. Desde entonces para evitar esa ira, enojo y abandono contra mí, prefería colocarme una máscara y aparentar que nada había pasado, esconder mi debilidad y mis fallas era la opción que yo había optado. Lo hacía con un “no pasó nada”, “todo está bien” e ignoraba lo que había hecho mal.

Llegué a un punto donde sentía tener todo el conocimiento que requería y que por lo tanto yo me las sabía todas. Esa careta me hacía sentir que estaba funcionando a las mil maravillas, todo estaba perfecto, veía el mal en todos los que me rodeaban y en mí no encontraba error. Entonces, sin darme cuenta, yo ya no me identificaba con el rostro que Dios me había dado. Las apariencias funcionaban muy bien, hasta yo misma me las estaba creyendo.

El antifaz  que estaba utilizando se me estaba adhiriendo a mi cara, haciéndome creer que la máscara que tenía era mi legítimo rostro. En momentos experimentaba dolor y depresión no comprendía el por qué, entonces lo que hacía era colocarme un maquillaje que sin darme cuenta, estaba tapando los límites de la careta, aparentando perfectamente un rostro que no era mío.

Seguía mi vida aparentemente normal, hasta que Dios me mostró el significado de 2 Corintios 3:18 Con la cara descubierta, todos nos quedamos mirando fijamente la gloria del Señor, y así somos transformados en su imagen cada vez con más gloria. Este cambio viene del Señor, es decir, del Espíritu. (Versión PDT)

Eso rompió mi máscara, me dolió hasta lo más profundo y caí en un mar de llanto, porque comprendí que mis oraciones no eran sinceras, estaban llenas de soberbia y falsedad; me atreví a pensar que Dios podía ser burlado, colocándome esa careta en mi rostro y presentándome ante Él como si nada estuviera pasando, evitando de esta manera que Dios me diera “la espalda”. ¡Qué equivocada estaba!, me engañé creyendo que no se daría cuenta de lo que estaba haciendo. Y comprendí que realmente no conocía el carácter de Dios, no comprendía su amor, su gracia y su perdón, estaba ciega.

Realmente necesito verme todos los días al espejo, que es su Palabra y detenidamente mirar si mi reflejo se parece a Su Hijo, ese es el rostro que el Padre me ha dado.

Escrito por Nina Gutiérrez para www.conectadosconcristo.com