“¡Mira tú, ciudad afligida, atormentada y sin consuelo! ¡Te afirmaré con turquesas, y te cimentaré con zafiros! Con rubíes construiré tus almenas, con joyas brillantes tus puertas, y con piedras preciosas todos tus muros. El Señor mismo instruirá a todos tus hijos, y grande será su bienestar. Serás establecida en justicia; lejos de ti estará la opresión, y nada tendrás que temer; el terror se apartará de ti, y no se te acercará. Si alguien te ataca, no será de mi parte; cualquiera que te ataque caerá ante ti.” 
(Isaías 54:11-15 NVI)

Vivimos tiempos difíciles en los que el temor y la ansiedad hacen estragos y van en contravía de nuestra fe. Dudamos del poder sanador y protector del Señor, nos dejamos amargar por las malas noticias que se ofrecen a diestra y siniestra sin ningún sentido de la responsabilidad. Hemos tenido que apelar a nuestro buen juicio al decidir de manera voluntaria pero acertada, bajarle el volumen al noticiero y pasar de largo por publicaciones mal intencionadas que se realizan a diario en las redes sociales.

El Señor nos recuerda que aunque haya aflicción, tristeza y desesperanza a nuestro alrededor, tiene el control para afirmarnos en el nivel más alto de confianza en Él. A través de su Santo Espíritu, nos instruye para que transitemos por senderos de rectitud y con su protección y respaldo aparta el temor y la opresión con contundencia, para establecer su reino a través de nuestro testimonio de vida. 

Es necesario recurrir a los pilares de la fe que nos encaminan a aferrarnos a las promesas de un Dios que no miente. Envió a su único hijo para crear una conexión especial entre el cielo y la tierra que fuera inquebrantable, para restaurar y sanar el alma de una humanidad perdida por el pecado (turquesas), por esto, si buscamos primero su reino, todo lo demás se dará por añadidura.

En oración constante hallamos sabiduría, justicia y verdad (zafiros) para que podamos tomar decisiones acertadas; en el amor a Dios y a quienes nos rodean encontramos paz y con la pasión que emana de la genuina adoración (rubíes) salvaguardamos nuestro corazón de las raíces de amargura que pueden surgir en medio de la prueba.

En pie de batalla nos encontramos cada día. Libramos una guerra espiritual contra un adversario que se aprovecha de nuestras debilidades para intentar derribarnos. Sin embargo, es un enemigo vencido que no tiene poder ni autoridad sobre nosotros. Debemos permanecer firmes, construir muros de defensa (almenas) a través de la obediencia a sus mandatos y la integridad que como seres humanos, seguidores de Cristo, debemos demostrar con hechos más que con palabras.

“Pues aunque vivimos en el mundo, no libramos batallas como lo hace el mundo. Las armas con que luchamos no son del mundo, sino que tienen el poder divino para derribar fortalezas”.
(2 Corintios 10:3-4 NVI)

Escrito por Lilo de Sierra para www.conectadosconCristo.com