En mi pueblo se había anunciado que llegaría un gran maestro que cambiaría la mentalidad de los estudiantes y la manera de vivir. Al llegar a la escuela nadie podía creer que ese era el maestro que iba a transformar los alumnos, su apariencia mostraba todo lo contrario. Las cosas que poseía y su vestimenta eran tan humildes que nadie lo podía ver como un erudito.

En su primer día de clases, la mayoría de sus estudiantes le dieron la bienvenida ignorando sus enseñanzas y confrontándolo con palabras ofensivas para hacerle renunciar a la enseñanza.

Un día apareció en un salón de clases golpeando fuertemente, todo parecía indicar que habían sido los mismos que le habían insultado. El maestro no dijo quiénes habían sido, su objetivo era enseñarles y no acusarles, solo deseaba traer por medio de sus clases conocimiento sobre la vida que debía tener todo aquel que quería llegar a tener el gran conocimiento que él tenía.

Me causaba mucha curiosidad lo que estaba pasando con aquel maestro, no podía creer que fuera insultado y golpeado y no hiciera nada para detener este abuso, así que decidí entrar a una de sus clases. Al instante noté cómo sus enseñanzas creaban mucha confrontación. Al terminar su charla me pasó algo muy extraño, me enojé mucho con este maestro porque solo señalaba mis falencias y hablaba de mis errores, me entró tanto coraje que agarre mi lápiz y me lancé a él. Cuando miré, realmente lo había herido con un cuchillo debajo de su costilla, tenía mi mano llena de sangre y en ese momento comencé a sentir como la sangre me corría por mis dedos. Asombrada por lo que había hecho, me aparté inmediatamente, no podía creer que de mí viniera tal acción de violencia. Al instante mi compañero se lanzó a pegarle, a escupirle y patearle por todo lo que había dicho; no era para menos sus palabras eran cortantes y perforaban lo más profundo del corazón.

Sorprendentemente al día siguiente el maestro estaba en la escuela, los golpes que le dimos no habían sido suficientes. Él seguía enseñando con entusiasmo y con mayor fuerza, y yo como loca estaba de nuevo en su clase, escuché todo lo que decía pero, esta vez antes de terminar, todos se lanzaron contra él, le pegaron, escupieron, le insultaron y le desearon la muerte. Dejándolo en el piso, su piel ya estaba pálida y parecía que su sangre ya no corría por sus venas. Tomé lo primero que vi y se lo enterré en su costado, para mi sorpresa de él salió agua, no había más sangre que derramar.

Fue extraño, sentía satisfacción al ver que su corazón no latía. Y de repente me estaba sintiendo muy mal por lo sucedido, realmente ese maestro deseaba el bien para nosotros, me arrojé sobre su pecho y empecé a llorar, definitivamente era el maestro que estábamos necesitando y esperando con tantas ansias. Me levanté para mirarlo y su piel se estaba tornando rosada. De repente sus ojos se abrieron; exclamé ¡resucitaste! Y me dijo “así es”, le pregunté:

¿Por qué te aguantaste todo esto? Podías irte y dejarme, no entiendo cómo soportaste todo ere sufrimiento. Y él me dijo: “lo hago por ti”

¿Por mí? Soy una simple alumna que te hizo daño. Me miró fijamente a los ojos y dijo: “Te equivocas, tú vales mucho para mi Padre, todo esto lo hice por ti, así que cada golpe, insulto y humillación valieron la pena. Tú lo vales todo.”

Esa fue la primera vez que escuché: Tú vales; fue el día que conocí mi verdadero valor. Mi mundo se partió en dos, desde ese instante fui otra persona, era una nueva criatura, el mundo que conocía ya no era el mismo.

¿Puedes ver el amor que Dios tiene por ti? Se degradó siendo hombre, se humilló para darte salvación y copartícipe de Su Hijo, la pregunta aquí es ¿Qué tanto amor se necesita para ganar tu amor?

 Escrito por Nina Gutiérrez para www.conectadosconcristo.com